noticia

Irene Meléndez gana el I CONCURSO “ESCRITURA ANIMAL. MICRORRELATOS POR DERECHOS” 30 enero 2019


Irene Meléndez Tubío, estudiante de grado de Derecho de la Universidad de Cádiz, es la autora del microrrelato  “Ciega”, elegido como ganador del I CONCURSO “ESCRITURA ANIMAL. MICRORRELATOS POR DERECHOS” durante la jornada de ayer, por el jurado formado por D. José Marchena Domínguez, Director general de Extensión cultural y Servicio de Publicaciones y  Dña. Carmen Puentes Graña, Directora de Secretariado de Acción Social y Sostenibilidad, ambos por la Universidad de Cádiz y que contó con la inestimable presencia de  Dña. Francisca Ayllon García, escritora.

Un total de 19 microrrelatos  han formado parte de este concurso cuyo objetivo primordial era el de potenciar el arte de la escritura, como vía de reflexión entre la comunidad universitaria, para promover la importancia ambiental de las diversas especies animales y su relación con nuestro medio y con el propio ser humano.

El microrrelato ganador  “Ciega” fue elegido de entre tres seleccionados  quedando como primer accésit  el microrrelato “Los Sin Nombre” de María del Mar Salguero Pérez, doctoranda de la Facultad de Ciencias del Mar y Ambientales y como segundo accésit  el microrrelato denominado “Aslan, La zarpa de la Justicia” de Diego Chaves Utrera, estudiante de grado de Filoloía Hispánica  de la UCA.

 

A continuación puedes leer los microrrelatos finalistas:

 

Ciega,  de  Irene Meléndez (Ganador)

Cuando desperté, todo era niebla. A mi alrededor oí lamentos y rechinar de dientes, pero apenas distinguía bultos agolpados en una extensa porción de tierra. Permanecí erguida con la mirada al frente muchas horas, quizás días. Alguna vez sentí sus pasos y a lo lejos una voz que me pareció la de él cuando todavía me hablaba con ternura, pero todo había cambiado mucho y ahora no sabría el recibimiento que darle. Finalmente, mis patas notaron el cansancio, o la resignación, quién sabe, y a ratos me dejaba caer sobre la tierra húmeda con la cabeza apoyada en un barrote. La sangre de la frente era una costra sólida que se fue desprendiendo de la piel con el roce del hierro, pero la luz no volvió nunca y mis acompañantes nunca llegaron a ser más que manchas aullando todo el tiempo. Tal vez tendría que darle otra oportunidad; dentro de mí terminaba siempre por aparecer el perdón. Decidí volver a mantenerme de pie por si algún día esas voces y esos pasos eran los que yo esperaba. Tenía que estar preparada mover el rabo y para frotar mi lomo sobre sus piernas hasta que me llevara a casa.

 

Los sin nombre, de María del Mar Salguero (Primer Accésit)

El Galgo. Siempre me llamaron así, con desprecio, con arrogancia, como el que habla de una silla o un zapato, de un objeto, porque poco más que eso era yo. El galgo. Una palabra que empezó a significar miedo, pánico. Todos éramos el galgo, demasiado poca cosa para merecer un nombre. La última vez que escuché El galgo iba corriendo despavorido por en medio del campo. Cojeaba. Llevaba un cepo colgado de una mano. Estaba mareado y débil, pero corría con todas mis fuerzas. Detrás, unas mujeres gritaban “el galgo, coge al galgo”. Después me desmayé. Desperté en una clínica veterinaria. Ya no había cepo. Tampoco dedos. Sí dolor, miedo, angustia. Y un nombre. Desde ese día soy Bunbury. Al principio también me daba miedo, en general la voz humana me daba terror, porque de la boca de un humano nunca salió nada bueno.

Hoy sé que Bunbury significa salvación, es una palabra mágica. He conocido otras. Flakita. Magui. Fideo. Claudia. Finn. También son palabras mágicas, porque son los nombres que nuestros ángeles de la guarda nos regalan, nos identifican, nos salvan, nos hacen alguien. Porque hasta entonces sólo fuimos el galgo, el podenco, el perro, los sin nombres.

 

Aslan, la zarpa de la Justicia, de Diego Chaves Utrera (Segundo Accésit)

Hola, me llamo Aslan, soy un gato y esta es mi historia. Fui abandonado por mis antiguos dueños porque no me querían, me encontraba abandonado en la calle y hambriento, busqué por todos lados alimento, los animales callejeros eran egoístas y solo me atacaban… Hasta que llegué al punto de no poder más, me tumbé en el suelo esperando que cesara mi dolor, cuando apareció ella, Paula. Me llevó corriendo al hospital mientras yo me desmayaba en sus cálidos brazos. Cuando desperté me encontraba en una casa con un collar molesto; pero con alguien que realmente me quería. Para agradecérselo le llevaba flores que encontraba, pero no eran suficiente… ¡Quería ayudarle de verdad! A causa de mi pasado quería estudiar algo para luchar por nuestros derechos porque los animales -a la vez que los humanos- tenemos alma, lloramos, sentimos y amamos; así que me decanté por estudiar derecho… Si, un gato estudiando derecho, aunque eso ya es otra historia. ¡Fui uno de los mejores de mi clase! Me presenté a las oposiciones y conseguí ser juez, aunque en un principio no me tomaban enserio, conseguí ascender hasta convertirme en juez del tribunal supremo, no está mal para un gato ¿verdad?

 

Enhorabuena a los finalistas.